El beso era un incendio forestal, una fuerza de la naturaleza que amenazaba con consumir la frialdad y el silencio que se habían interpuesto entre ellos.
Daniel la estrechaba contra su pecho con una urgencia casi dolorosa, como si temiera que, al soltarla, ella se desvaneciera como el humo.
Marianne, por un segundo que pareció una eternidad, se perdió en la calidez de su boca, en ese aroma a madera y lluvia que siempre había sido su hogar.
Sus manos se hundieron en la chaqueta de él, aferrándose