Cuando Daniel llegó al departamento de Marianne, la tensión en el aire era casi tangible.
Su corazón latía con fuerza, y cada paso que daba hacia ella parecía cargar con la urgencia de protegerla y, al mismo tiempo, con la necesidad de exponer la verdad.
Marianne estaba sentada en el borde del sofá, los hombros tensos, la mirada fija en él mientras él sacaba su teléfono y, con un gesto solemne, le mostró el video que había conseguido a fuerza de insistencia y dinero.
Marianne se quedó paralizada