Rompieron el beso y Marianne sonrió, sintiendo su corazón latir con una fuerza que casi la mareaba. No era solo emoción; era la certeza de que algo verdadero estaba naciendo entre ellos. Daniel la miró con esa mezcla de timidez y adoración que siempre lograba desarmarla, como si todavía no pudiera creer que ese momento fuera real.
Ese día fue maravilloso.
Caminaron sin rumbo, hablaron de cosas simples y profundas a la vez, rieron como si se conocieran de toda la vida —y, de algún modo, así era—.