Marianne se cubrió rápidamente, el corazón latiéndole a mil por hora. La sensación de vulnerabilidad la hizo ruborizarse hasta las orejas, como si cada centímetro de su piel estuviera consciente de lo que acababa de ocurrir. Él, con rapidez y un dejo de culpa en la voz, se giró de espaldas, dándole un momento de privacidad.
—¡Lo siento tanto, Marianne! —exclamó Daniel, su voz cargada de sinceridad y arrepentimiento.
Ella se quedó un instante en silencio, su rostro completamente rojo, casi como u