CAPÍTULO 50Elisa estaba sentada frente a su tocador, aplicándose maquillaje con movimientos bruscos y precisos, como si se estuviera pintando para la guerra. En el reflejo del espejo, veía a su esposo ajustándose la corbata con una lentitud exasperante.— Ya no sé si es buena idea separarlos, Rodrigo —soltó Elisa de repente, dejando la brocha de rubor sobre la mesa con un golpe seco—. Lo he estado pensando toda la noche. Si logramos que se divorcien... ¿Qué nos garantiza que ella se vaya?Rodrigo la miró a través del espejo, con los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño.— Si se divorcian, ella pierde la protección de Alexander. Se vuelve vulnerable.— ¿Vulnerable? —Elisa soltó una risa histérica, girándose en su taburete—. Rodrigo, ¡por favor! Esa mujer acaba de comprar una naviera en una tarde. Se ganó al abuelo con un budín y a los accionistas con un discurso sobre honestidad. Si se divorcia ahora, se llevará la mitad de la fortuna y, peor aún, se quedará con la presiden
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