CAPÍTULO 60Mateo, sentado en el borde del asiento del bus escolar con los brazos cruzados, no compartía el entusiasmo de su hermana. Sus ojos de niño, astutos y protectores, se fijaban en la nuca de un hombre sentado varias filas más adelante.— Lucía… —susurró Mateo, acercándose a su oído—, ¿por qué invitaste al señor ese?Lucía suspiró, acomodando un mechón de cabello rebelde tras la oreja.— Yo no lo invité, Mateo. Se autoinvitó junto con toda su familia. Dijo que como patrocinador principal, era su deber supervisar las actividades de caridad este fin de semana. Y se llama Alexander.Mateo frunció el ceño, procesando la información con una madurez inusual.— ¿Y quiénes son toda su familia?— Abuelos, primos, tíos, sobrinos… Son una familia muy grande, Mateo. Demasiado grande para este bosque, me temo.Mateo no respondió de inmediato. Giró la cabeza hacia atrás, donde su hermana Sofía dormitaba contra el hombro de una de las niñas. Luego, volvió a mirar hacia adelante. En su mente
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