Los días pasaban, pero Aurelia seguía igual, sumida en una tristeza tan profunda que despojaba al mundo de color. No hablaba, salvo para suplicar el regreso de Iva. Apenas se movía, salvo para llorar. El tiempo seguía pasando, pero Aurelia permanecía anclada en el momento en que Iva murió. No comía ni bebía. Clara intentó persuadirla con comida, rogándole que tomara un sorbo de agua, pero Aurelia solo negaba con la cabeza, con voz débil y frágil. «Iva tendrá hambre cuando se despierte. Deja que coma primero», susurraba, como si la lógica aún tuviera cabida en su dolor.Clara permaneció a su lado cada hora, cada día, durmiendo en el suelo cuando Aurelia rechazaba la cama, secando las lágrimas que Aurelia ni siquiera se daba cuenta de que caían. Pero nada funcionaba. Ningún afecto, cuidado o palabras podían penetrar el dolor de Aurelia.Cada mañana durante tres días, Aurelia obligaba a su cuerpo a levantarse, débil, hambrienta y temblorosa, solo para ir al depósito de cadáveres. Se sent
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