El aire fresco del atardecer en los jardines principales no disipó la rabia que me quemaba; solo la enfrió, volviéndola acerada, rígida y peligrosamente afilada. Mi decisión estratégica de sacarla de la suite no había sido, bajo ninguna circunstancia, un acto de bondad o cortesía, sino una medida de pura necesidad operativa. El Vínculo, amplificado hasta límites insoportables por nuestra estrecha proximidad física en la oficina, me estaba volviendo un ser irracional. Necesitaba imponer una distancia mínima, o de lo contrario, la tomaría por la fuerza sobre ese mismo escritorio, y ese error táctico arruinaría por completo mi estrategia de dominación.Caminaba junto a ella por el sendero empedrado principal del jardín, con mi mano firme y posesiva firmemente plantada en su espalda. El contacto era una descarga eléctrica constante que recorría mi brazo. Ella vestía el nuevo traje de lana de color crema suave, una prenda que, bajo la implacable luz dorada del sol de la tarde, no dejaba el
Leer más