El silencio regresó una vez más a la inmensidad de mi oficina personal, pero no trajo consigo la menor pizca de calma o alivio. Al contrario, trajo una presión sorda, pesada y constante que parecía aplastarme el pecho; el peso absoluto de una guerra total que yo mismo, por mi propio orgullo y estrategia militar, acababa de declarar.
Me había engañado por completo a mí mismo en las semanas previas al pensar que el desprecio racional que sentía por las mentiras de Madeline era un escudo lo sufici