Él baja la mirada, pero no aparta la mano. El corazón le late con fuerza en medio del delirio de su aroma y el licor. Entonces ella, con un impulso casi infantil, apoya la cabeza en su hombro. —Todo va a estar bien, ¿verdad? —pregunta con sinceridad con voz baja. —Sí —responde él, casi en un susurro—. Todo va a estar bien. Permanecieron así un largo rato. El reloj marca la una de la madrugada. El whisky seguia viéndolos como si estuviera de más en esa escena. Pero por primera vez en días, Oswald se sintió en paz. Con ella allí, sobre sus piernas, apoyada en su hombro, parecía que el mundo podía ser un poco más soportable. Cuando Gwen finalmente se levantó, él la acompañó hasta la puerta. —Buenas noches, pequeña tormenta —murmuró. Ella giró con una sonrisa pícara. —Buenas noches, tío lobo gruñón. Y se fue por el pasillo, descalza, con el corazón latiéndole fuerte. Oswald la siguió con la mirada hasta que desapareció por la esquina y subió las escaleras. Luego volvió a su e
Leer más