Mi padre me ordenó ir por Elena y, por supuesto, acepté sin dudarlo. Quería ver su cara de mosquita muerta, quería verla llorar como la victima que era.Sonreí con lentitud, saboreando la idea incluso antes de que ocurriera. En mis manos estaba romperla, hacerla añicos, reducirla a algo irreconocible. Quería verla caer, verla arrastrarse por el suelo, suplicando, llorando, exactamente como pasó con Damien.Me reí, recordando cada detalle con una claridad que rozaba lo enfermizo. La forma en la que se quebraba poco a poco, la manera en la que el hombre que amaba la miraba con desprecio, como si ya no significara nada. La condenaron al olvido, la dejaron vacía, y yo estuve ahí para verlo todo. Fue perfecto.Hasta que apareció Logan.Pero Logan nunca fue un problema. Fue fácil, absurdamente fácil. Solo tuve que acercarme lo suficiente, decir lo que necesitaba escuchar, tocar los puntos correctos. Cayó sin resistencia, como todos. Siempre caen. Terminó siendo uno de mis perros fieles sin
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