Luciano, con el rostro endurecido por una determinación feroz, no se separó ni un centímetro del lado de Aurora. La habitación principal había sido equipada semanas atrás con tecnología médica de vanguardia, convirtiéndola en un búnker completamente seguro para la llegada del primogénito. —¡Respira, Aurora! Mírame a mí, solo a mí —rugió Luciano, permitiendo que ella triturara los huesos de su mano derecha con cada contracción.Él, que había visto hombres morir suplicando, sentía que su propia alma se desgarraba con cada grito de dolor de su esposa. El sudor empapaba su camisa de seda, y sus ojos negros brillaban con una angustia que no podía descifrar.—¡No puedo, Luciano! ¡Duele demasiado! —sollozaba Aurora, con el rostro desencajado y el cabello pegado a la frente—. No puedo… estoy perdiendo la fuerza.—Puedes hacerlo. Eres una Costello, eres mi reina… la reina de todo esto, puedes hacer cualquier cosa mi amor —le susurró él al oído, besándole la sien con devoción, y sin duda con
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