EzranEl coche se desliza en la noche, devorando los kilómetros que me separan de ella. La confrontación con Lidia ha dejado a su paso un silencio de catedral dentro de mí. Ya no hay ira, no hay rabia. Solo una necesidad urgente, primal, que late al ritmo de mi sangre: Gracias.Dejo atrás la villa, sus luces apagadas, su propietaria ausente. El mar, invisible, se adivina por el gusto salino en el aire y por el murmullo lejano de las olas. Mi corazón golpea contra mis costillas, un tambor salvaje. He planeado, maniobrado, destruido todo lo que podía separarnos. Pero ahora, ante la etapa final, una vulnerabilidad brutal me atenaza. Miedo. No miedo a perderla, ya lo hice. Sino miedo a mostrarme ante ella, desnudo, despojado de todos mis artificios, y no ser suficiente.Empujo la pesada puerta de madera. El interior está bañado en una luz tenue. Ella está ahí.Gracias está de pie junto al gran ventanal, vuelta hacia la oscuridad y el mar. Lleva un sencillo vestido blanco que ondula con la
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