El motor del vehículo rugía como una bestia contenida, devorando kilómetros con una urgencia que parecía insuficiente para el latido desesperado de Axel. Tres horas. Tres horas desde que obtuvo la confirmación. Tres horas desde que el mundo dejó de ser abstracto y se convirtió en un punto exacto en el mapa. Un lugar. Una dirección. Un infierno. Axel Fort no parpadeó ni una sola vez durante el trayecto. Sus ojos, fijos en la carretera, no veían realmente el camino… veían a Catalina. Veían su sonrisa. Veían su dolor. Veían su posible final. —Más rápido —ordenó con voz baja, pero cargada de una autoridad que no admitía errores. El conductor no respondió. No hacía falta. Todos sabían lo que estaba en juego. Todos sabían que, si fallaban… no habría consecuencias legales que temer. Porque el verdadero castigo sería ver a Axel romperse. Y eso… nadie quería presenciarlo. En la parte trasera del vehículo, las pantallas desplegadas mostraban mapas, rutas, cámaras, puntos de acc
Ler mais