El atardecer caía suavemente sobre la ciudad, tiñendo el cielo de tonos dorados y rosados que parecían pintados a mano. La brisa era ligera, tibia, perfecta. Desde el balcón de su hogar en Francia, Catalina sostenía a su bebé contra su pecho, balanceándolo con un cuidado casi instintivo, como si su cuerpo hubiera aprendido ese lenguaje desde siempre. Había algo distinto en ella ese día. No era solo la calma… era decisión. —Hoy… —susurró, besando la cabecita del pequeño— hoy vamos a cambiarlo todo, mi amor. El bebé soltó un pequeño sonido, como si comprendiera. Sus manitos se aferraron a la tela de su vestido, y Catalina sonrió con ternura, aunque sus ojos brillaban con una emoción contenida. Dentro de la casa, Axel hablaba por teléfono. Su tono era serio, firme, el de siempre. Pero Catalina ya sabía leer entre sus silencios, entre sus pausas… y sabía que, incluso en medio del trabajo, él siempre estaba pendiente de ellos. Siempre. —Sí, mañana reviso ese contrato —decía é
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