Se volvió hacia Isabella, implorando: —Bella, mamá estaba equivocada. Perdóname. Por favor, dile a tu papá que no mande a Ana lejos. Te lo suplico… hemos estado juntas tantos años, ¡mamá no puede vivir sin ella! Ustedes dos son igual de importantes para mí. Trató de tomarle las manos, pero Isabella las retiró discretamente. Con la cabeza baja, fingía estar asustada, aunque en sus ojos se reflejaba pura indiferencia. Nunca había esperado nada de Adriana, así que no sentía dolor. Jamás había intentado ganarse su confianza ni su cariño, aunque fuera su madre biológica. Y ahora, al mirar atrás, se alegraba de esa decisión: de lo contrario, estaría destrozada. Al no recibir respuesta, Adriana perdió la compostura: —¡Di algo! ¿Quieres ver a Ana expulsada? Tomás intervino, presionando los hombros de su esposa. —Mírate. Jamás fuiste amable ni paciente con Bella. Todo tu amor siempre fue para Ana. Adriana se secó las lágrimas con el dorso de la mano y gritó: —¡Eso es porque quieren ap
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