Fue entonces cuando Ana giró la cabeza para mirarlo y, en cuanto lo vio, quedó inmediatamente cautivada.
Alexander era sobresaliente en apariencia y estatus. Si lograba involucrarse con él, pensó Ana, podría volverse muy famosa.
Antes de que comenzara la subasta, Ana aprovechó la oportunidad y se acercó con aire de superioridad. Mirando a Isabella con desdén, le ordenó:
—Isabella, tu asiento está allá. Estás sentada en el lugar equivocado.
Isabella giró la cabeza hacia ella y, con inocencia fingida, respondió:
—Aquí está mi nombre en la silla. ¿No sabes leer? ¿O acaso estás ciega?
Alexander no pudo contener una breve risa. Era increíble cómo Isabella podía enfurecer a los demás con su tono dulce e inocente. Poco después de reír, se dio cuenta de lo inapropiado que era y, para disimular, cerró el puño y cubrió su boca. En un instante recuperó su expresión distante y fría.
El rostro de Ana se encendió de vergüenza, sobre todo al escuchar aquella risa. Involuntariamente volvió a m