capítulo 55

Fue entonces cuando Ana giró la cabeza para mirarlo y, en cuanto lo vio, quedó inmediatamente cautivada.

Alexander era sobresaliente en apariencia y estatus. Si lograba involucrarse con él, pensó Ana, podría volverse muy famosa.

Antes de que comenzara la subasta, Ana aprovechó la oportunidad y se acercó con aire de superioridad. Mirando a Isabella con desdén, le ordenó:

—Isabella, tu asiento está allá. Estás sentada en el lugar equivocado.

Isabella giró la cabeza hacia ella y, con inocencia fingida, respondió:

—Aquí está mi nombre en la silla. ¿No sabes leer? ¿O acaso estás ciega?

Alexander no pudo contener una breve risa. Era increíble cómo Isabella podía enfurecer a los demás con su tono dulce e inocente. Poco después de reír, se dio cuenta de lo inapropiado que era y, para disimular, cerró el puño y cubrió su boca. En un instante recuperó su expresión distante y fría.

El rostro de Ana se encendió de vergüenza, sobre todo al escuchar aquella risa. Involuntariamente volvió a m
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