Los ojos de Isabella brillaron con una chispa de emoción. Decidió no advertirle nada a Ana, que en ese momento estaba demasiado engreída. Quería ver cómo reaccionaría cuando, en plena fiesta, quedara en evidencia delante de todos.
Sonrió con suavidad y fingió una expresión de envidia, como si nunca hubiera visto un vestido tan hermoso.
—Lily es muy amable contigo. Es un vestido precioso.
Ana, al notar esa mirada poco habitual en Isabella, levantó el mentón con aire de superioridad.
—¡Por supuesto!
En ese momento, Tomás estacionó el coche. Mientras Isabella se acomodaba en el asiento trasero, él, desde el volante, preguntó con naturalidad:
—Bella, ¿qué tipo de ropa te gusta comprar? Dímelo y un día iremos de compras juntos.
Ella negó con la cabeza de manera obediente.
—No es necesario. Tengo suficiente ropa.
Apenas había terminado de hablar cuando Ana, sentada junto a Adriana, intervino con tono generoso, aunque cargado de condescendencia:
—Tengo muchas prendas que nunca he u