La sombra en el pasillo no se movió, pero el sonido de su respiración era un fuelle roto, húmedo y sibilante. Ronan no pidió identificación. Su cuerpo reaccionó con la memoria muscular de mil peleas. Se lanzó hacia la oscuridad, una mancha de velocidad letal, y agarró al intruso por el cuello, arrastrándolo hacia la luz del fuego. Hubo un gruñido, débil y patético, y el sonido de garras arañando inútilmente la piedra. Ronan arrojó al desconocido contra el suelo, cerca de la hoguera, y levantó el puño para aplastarle el cráneo. Pero se detuvo. La luz naranja de las llamas iluminó el rostro del intruso. Seraphina ahogó un grito y se llevó la mano a la boca. Hunter, que había saltado con su daga en la mano, se quedó congelado. El hombre en el suelo era un esqueleto envuelto en harapos de lo que alguna vez fue un traje caro. Su piel estaba gris, pegada a los huesos. Su cabello plateado, antes impecable, era una maraña sucia y rala. Pero los ojos... esos ojos de hielo, aunqu
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