Durante el almuerzo, Isabella intercambió miradas cómplices con Ignacio. Miradas que estaban cargadas de deseo, de palabras no dichas, de gestos que hablaban por sí solos. De esas miradas que sólo comparten los amantes. La adrenalina del encuentro reciente seguía vibrándoles en el cuerpo, latente, peligrosa, intensificada ante la posibilidad de haber sido descubiertos.En medio de la comida, el teléfono de Ignacio comenzó a sonar. Él lo tomó casi de inmediato, miró la pantalla y se quedó inmóvil por un segundo. La foto de Valeria resplandecía en el fondo. No podía contestar aquella llamada. No en ese momento, no frente a Isabella.Ella lo observó, incómoda, sabía que debía tratarse de su esposa. Bajó la mirada y guardó silencio. Sabía exactamente cuál era su lugar en aquella relación. —Tú teléfono está sonando —comentó Fabián, inocente de lo que sucedía entre los dos adultos. —No es importante —contestó él—. Además luego que terminemos de almorzar, me debes la revancha. Fabi
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