Dentro de los vehículos, el mundo se reducía a respiraciones medidas y a pantallas que vibraban sin cesar, decenas de mensajes de apoyo, ruegos de entrevistas, alertas de emergencia, y fue cuando Olivia cerró los ojos un instante, no para dormir, sino para sostenerse, y Amir, con los dedos entrelazados a los de ella, repasó por enésima vez la secuencia de decisiones, el control de daños, la dignidad de los suyos, la justicia por venir, y mientras afuera, la ciudad continuaba su danza de sombras; adentro, las palabras empezaban a escasear, como ocurre cuando el dolor exige silencio.La mansión aguardaba como un refugio y como un tribunal a la vez, al cruzar sus portones, la caravana se deshizo en susurros de motores que se apagan, los señores Petit, junto con Saimon y Jamil fueron los primeros en ingresar, ya que cargaban a los trillizos, y el bolso que Olivia había preparado para su estancia en el hospital, seguido de ellos, fue el turno de Theo, Alejandra y Simón, quienes abrieron de
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