Durante seis meses, la mansión de Amir y Olivia fue un reloj que marcaba horas nuevas y, a la vez, eternas.
Cada mañana empezaba con tres respiraciones pequeñas en coro, como si el mundo aprendiera a latir otra vez, porque Kaan, Harika y Desirée llegaron como un cometa de luz a un cielo que ya de por sí era claro, y, sin embargo, cada gesto de ellos parecía una primera vez para la humanidad, o al menos así lo sentían los padres primerizos.
El primer día, cuando todavía todo olía a hospital y a