Si la primera vez que puso un pie en esa habitación, Siena pensó que era demasiado grande para dos personas, en ese momento siente que esas cuatro paredes son aterradoramente asfixiantes y opresivas. Sentada en el sofá de la habitación, mantiene las piernas recogidas contra su pecho y el rostro hundido entre las rodillas. Aunque su llanto no hace ruido, se mantiene constante, devastador, como una marea que no deja de golpear desde dentro, exigiendo que se quiebre para poder salir. Sus hombros tiemblan apenas y, junto con su silencio, son lo único que delata el esfuerzo que hace por no romperse del todo. Los pensamientos negativos se suceden en su mente con una velocidad que llega a marearla; luego se agolpan en un instante, dando como resultado una idea que no quiere formar, pero que aparece de igual manera: Victoria sola, asustada, llamándola, preguntándose: ¿por qué no está allí para ella?, ¿por qué no fue a buscarla?Al mismo tiempo que lucha con esas ideas, frente a ella, Franco oc
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