Siena no retira la mano de la mejilla de Franco tras sus palabras, sino que, por el contrario, su pulgar comienza a moverse con lentitud sobre la piel, dibujando una caricia suave, casi temerosa, como si, al hacerlo, ese simple gesto le sirviera para comprobar que él sigue allí, que no es solo una ilusión de su mente aferrándose a un pasado distante.Cuando su tacto se aventura en ir un poco más allá de la piel de su mejilla, este llega hasta los labios de Franco, quien no duda en cerrar sus ojos ante el contacto, apoyando su frente contra la de ella, respirando su aroma como si fuera algo que necesita aprender de nuevo para no olvidarlo jamás. Aunque no lo dice en voz alta, él también teme que ella se le pueda perder entre recuerdos incompletos y memorias borrosas.—No lo haré —responde con una certeza que no suena desesperada, sino firme, una de esas promesas que se hacen para siempre—. No podría volver a irme… ni aunque fueras tú quien me lo pidiera.El silencio que arropa a esa pr
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