La sonrisa de Johanna ante la reacción de Victoria no se hace esperar y, aunque no es amplia, sí cruel. Al escuchar la forma desesperada en que la niña pronuncia ese “mami”, se cruza de brazos con una calma más que ensayada a lo largo de su vida, deleitándose al observar el temblor en los labios de Victoria y el rostro devastado de Siena, como si acabara de ganar la partida de ajedrez más importante de su vida.
—Entonces —dice con burlona altanería—, ¿cómo piensas explicárselo a tu hija?
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