IsabellaEl Despertar de la DerrotaEl primer indicio de que ya no estaba en el Aurora Boreal fue el silencio. Un silencio absoluto, denso, acolchado, que aplastaba los restos de mi conciencia sedada. Ya no había el rugido metálico del carguero, ni el olor a óxido y fueloil, ni el grito lejano de las gaviotas sobre el Atlántico. Solo un vacío tan profundo que dolía en los oídos, un recordatorio brutal de la derrota.Abrí los ojos. El techo no era de acero oxidado, sino una bóveda blanca y alta, con una cornisa de madera noble. La habitación estaba inundada de una luz suave, filtrada por cortinas de seda pesada que amortiguaban el sol de la tarde chilena. La cama, ancha y mullida, me envolvió en lino de alto número de hilos, una sensación de lujo que mi piel, áspera y cubierta de lodo y sal, apenas podía tolerar. Estaba limpia. Alguien me había bañado, cambiado la ropa sucia por una bata de seda fría. La violación de mi cuerpo era el primer acto de su dominio.La sedación me había deja
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