Alejandro
La noche se hundió en un silencio absoluto.
A las 00:05 horas, la red eléctrica se cortó en tres manzanas de Foz do Iguaçu. El rugido de la música y las luces de neón se apagaron de golpe, dejando el barrio sumido en una oscuridad asfixiante, interrumpida solo por el hedor del alcantarillado y el ulular distante de un perro.
Isabella, ahora Anna Pérez, salió de la churrascaria, su cuerpo tan agotado que se movía por pura memoria muscular. El calor de la cocina se había reemplazado por un aire denso y sin aliento. Llevaba a Adrián, el bulto tibio y dormido, sujeto a su cuerpo. Su única meta era su colchón, su única posesión, para dormir tres horas antes de que la nueva jornada comenzara.
La oscuridad era total, justo como Alejandro la había planeado. El callejón sin pavimentar, lleno de basura y ratas, se extendía como un túnel negro hacia su miserable refugio.
Dio el primer paso. Luego el segundo. La fatiga era un enemigo más grande que cualquier hombre armado.
—No te molest