Capítulo 65

Isabella

El viaje por tierra fue un infierno de cuarenta y ocho horas. El camión de naranjas se convirtió en mi prisión. El hedor dulce de la fruta podrida, el calor sofocante del compartimento cerrado y la vibración constante del motor eran mis únicos compañeros.

Pero yo aguanté. Por Adrián. Lo alimentaba en la oscuridad total, acunándolo para que el traqueteo no lo despertara. Mi cuerpo había pasado del agotamiento al modo de supervivencia: una máquina de resistencia que no sentía hambre ni sed, solo la necesidad de proteger a mi Legado.

Llegamos a Santos bajo la noche, un monstruo de acero y neón. El Padrino me sacó del camión como a un saco de papas y me metió en el muelle de carga más abandonado del puerto.

—El barco. Aurora Boreal —me susurró, señalando una silueta oxidada—. Bandera de Panamá. Es lo que pagaste. Es tu tumba.

—Es mi libertad —corregí.

El Padrino se encogió de hombros. Un hombre pequeño, con el rostro cubierto de hollín, me guio a través del laberinto de contenedo
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