Alejandro
El Triunfo Vacío
La oficina en la mansión fortificada de Santiago era mi santuario. Las paredes de nogal, los paneles de control discretamente integrados y la vista impasible de los Andes ofrecían un simulacro de orden absoluto. Había regresado a mi núcleo, y el Legado, mi hijo, estaba a pocos metros, bajo mi custodia y mi ley. El fracaso de la Triple Frontera había sido enmendado por la brutalidad quirúrgica del Protocolo Némesis. Legal y moralmente, yo había ganado.
Pero el triunfo era una caja de resonancia vacía.
Me senté detrás del escritorio, donde la tranquilidad y el silencio eran habituales, y sentí que la calma era una ilusión frágil. Había pagado el precio más alto por la Permanencia: había perdido la ley, había paralizado mi cadena de suministro global, y había forzado a Isabella a un confinamiento que era, para ella, la muerte en vida.
Fuentes había dejado los informes de la operación. El costo de la piratería en alta mar se estimaba en 350 millones de dólares,