Isabella
El miedo es un veneno lento. La adrenalina de la fuga me había mantenido en pie. Pero al amanecer, sentada en la terminal de autobuses de Foz do Iguaçu, la realidad me golpeó con el peso de la losa de concreto.
Alejandro había estado a dos metros de mí. Había tocado la bufanda de Adrián.
Si me había encontrado en la oscuridad total, a pesar de la quema de mi alias y la autodestrucción del dinero, significaba que no importaba cuán invisible me hiciera, él siempre encontraría el rastro de la madre buscando una rutina.
La Ruta Quemada.
Mi plan de inmersión total, Anna Pérez, la ayudante de cocina, había durado tres días. Ahora estaba en Brasil, sin documentos creíbles (los de Anna Pérez estaban contaminados), sin un céntimo de mi capital de guerra (todo destruido para confundir el rastreo), y con un bebé que era un faro de mi existencia.
El helicóptero de Alejandro sobrevolando la ciudad al amanecer fue la confirmación: él estaba en Asunción, y su red se estaba cerrando. La Trip