Alejandro
El Salto de la Ley
El jet privado de Cifuentes, una burbuja de aire limpio y silencio absoluto, cortaba las infinitas nubes sobre el Atlántico Sur. Abajo, a más de diez mil metros, el océano era una alfombra azul oscuro, indiferente a la carga de venganza y cálculo que yo transportaba. El contraste entre la suite de caoba de mi jet y el infierno oxidado del Aurora Boreal era un recordatorio constante de la diferencia entre el cazador y la presa.
Yo no estaba allí por placer; estaba allí para supervisar la Extracción Nivel Dos, la operación más ilegal, costosa y necesaria de toda esta guerra. Estábamos a punto de violar las leyes marítimas internacionales, a miles de millas de cualquier jurisdicción. Estaba a punto de cruzar la línea de la legalidad total que siempre había definido mi existencia. Pero por el Legado, la línea era invisible.
Fuentes, mi jefe de seguridad, estaba sentado frente a mí, revisando el plan de abordaje. Él estaba incómodo. Sabía que esta no era una op