Alejandro
El Salto de la Ley
El jet privado de Cifuentes, una burbuja de aire limpio y silencio absoluto, cortaba las infinitas nubes sobre el Atlántico Sur. Abajo, a más de diez mil metros, el océano era una alfombra azul oscuro, indiferente a la carga de venganza y cálculo que yo transportaba. El contraste entre la suite de caoba de mi jet y el infierno oxidado del Aurora Boreal era un recordatorio constante de la diferencia entre el cazador y la presa.
Yo no estaba allí por placer; estaba al