El silencio en la habitación era tan espeso que parecía tener cuerpo. Erika estaba de pie junto a la ventana, inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho, observando las luces lejanas de la ciudad que titilaban como pensamientos dispersos. Afuera, la noche se deslizaba tibia y gris; dentro, el aire parecía estancado, detenido entre dos respiraciones.Alessandro acababa de irse. Apenas habían pasado unos minutos y, sin embargo, todo se sentía distinto. El cuarto, el aire, incluso el modo en que la luz del pasillo se filtraba por debajo de la puerta. Sin él, el ambiente se volvió más frío, más vacío… más suyo.No sabía bien qué la inquietaba. No era miedo exactamente. Era algo más profundo, más antiguo. Una incomodidad que no tenía forma, un reflejo grabado en la piel: la sensación de que confiar era siempre un riesgo.Se abrazó a sí misma. Los dedos se clavaron en sus brazos como anclas. Había aprendido a sostenerse así, con el cuerpo, con la fuerza mínima de quien sabe que si
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