Cuando el último cuerpo fue retirado y los Alfas invitados se marcharon —prometiendo lealtad por puro terror—, el salón quedó finalmente en paz. El sol ya estaba alto, iluminando el polvo que flotaba en el aire.
Mis piernas finalmente cedieron. Caí de rodillas, pero esta vez no había dolor, solo una liberación inmensa. Silas se acercó y me ayudó a sentarme en el primer escalón del estrado.
—Se acabó, Valery —dijo Silas, entregándome a Leo, que acababa de despertar—. El linaje de Alaric ha sido