La habitación era un torbellino de jirones negros y chispas de acero. El segundo Caminante del Velo se lanzó sobre mí, sus garras rozando mi mejilla, dejando un rastro de frío gélido que entumeció mis músculos. Valerik rugió, atravesando a la criatura por la espalda con su espada pesada, pero el esfuerzo lo hizo colapsar.Cayó de rodillas, sujetándose el pecho. La herida negra en su corazón palpitaba con una furia violenta, emitiendo un humo denso que parecía estar asfixiándolo.—¡Valerik! —grité, olvidando los protocolos y las castas.El tercer Caminante, viendo al Primus vulnerable, se preparó para el golpe final. No tuve tiempo de pensar. Me lancé sobre la criatura, pero mi daga salió volando tras un golpe seco. En un acto de desesperación pura, lo sujeté con mis manos desnudas.Al contacto, mi piel empezó a arder. El tatuaje de mi cuello, la marca de ceniza que se suponía era mi vergüenza, estalló en una luz blanca tan intensa que quemó las retinas de la criatura. Sentí un tirón e
Leer más