Peter permaneció sentado al borde de la cama. Sus ojos recorrieron el cuerpo desnudo de Sofie. Cada curva, cada centímetro de su piel lo atraía.Ella estaba parada ahí, desnuda y expuesta, sus pechos grandes subiendo con cada respiración entrecortada. Sus pezones se mantenían duros, puntas rosadas que rogaban por ser tocadas. Sus muslos se apretaban entre sí, escondiendo el calor que crecía entre ellos.Era un hombre paciente, siempre dueño de sí mismo. Pero en lo profundo, se agitaba el hambre. Sabía exactamente lo que quería: la quería entera, y la quería despacio, bien, para que ella ansiara más.A Sofie le latía el corazón con fuerza. Acababa de desnudarse para él, de mostrarle todo. Ahora, su mirada le hacía cosquillear la piel. El miedo se mezclaba con una presión intensa en el bajo vientre. Esto era real. Su esposo, mirándola como si fuera todo. Su voz salió suave y quebrada.—Yo... soy... tuya —tartamudeó. Sus ojos, muy abiertos, se quedaron fijos en los de él, buscando refugio
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