El pasillo afuera del quirófano estaba lleno de ruido y tensión. Todos los que estaban ahí, esperaban tensos, con el corazón en la mano.Isla caminaba de un lado a otro junto a la pared. Su ropa estaba empapada de sangre de la señorita Adams, y sus manos también estaban manchadas. Aún sentía la tibieza de esa sangre sobre la piel, y eso la atormentaba. Las piernas le temblaban y una angustia oscura le oprimía el pecho.No lejos de ella, Gabriel estaba sentado en una banca, los codos apoyados en las rodillas y las manos firmemente entrelazadas. Tenía la cabeza inclinada, como si rezara en silencio. No rezaba solo por la señorita Adams. Rezaba por Isla. Rogaba que no terminara hecha pedazos. Veía el miedo en sus ojos, la culpa que la doblegaba, y eso lo asustaba más que ninguna otra cosa.Al fondo del pasillo, Diana, John y Maya, la hermana de Isla, que tenía el embarazo muy avanzado, se apuraban hacia ellos. Se veían pálidos y preocupados. Se sumaron al círculo de personas que esperaban
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