Sonaron unos golpes en la puerta de la oficina de Gabriel, y él levantó la mirada de los papeles que revisaba.
—Adelante —dijo.
La puerta se abrió despacio, casi con temor. Suzanne entró, pero no caminaba con su confianza habitual. Sus pasos eran pesados, como si arrastrara su propia culpa por el suelo. Tenía los hombros tensos. Tenía los ojos cansados y, sobre todo, parecía saber por qué la habían llamado.
Gabriel no la invitó a sentarse. No le quedaba ni un poco de amabilidad para ofrecer. Man