Peter se metió en la cama mientras Sofie ya estaba acostada, con el corazón acelerado. Lo miró con los ojos muy abiertos, llenos de deseo.
—Abre las piernas, Sofie —dijo él. Su voz sonó grave y áspera. Esas palabras la golpearon en lo más hondo. La concha le palpitó. Sintió una descarga de calor. Sin pensarlo, abrió bien las piernas. Le mostró todo. Su concha estaba mojada y brillante, goteando sus jugos. Nunca antes se había sentido tan expuesta, ni tan lista para cualquier cosa.
Peter soltó un