Antes de caer al suelo, mamá giró conmigo, interponiéndose entre el peligro y mi cuerpo, llevándose ella todo el impacto cuando chocamos contra el mármol frío. El golpe me recorrió la espalda con una sacudida brutal y el aire escapó de mis pulmones en un jadeo involuntario, pero no fui yo quien gritó. Fue mi corazón, al verla caer primero, al comprender que incluso en ese instante había elegido protegerme, aun cuando la muerte nos rozaba demasiado de cerca.La adrenalina me incendió por dentro. Sentí el pulso desbocado, las manos temblorosas mientras me aferraba a su abrigo, recorriéndola a ciegas, buscando sangre, buscando una herida que no quería encontrar. Los segundos se estiraban de forma cruel, cargados de un miedo que me apretaba el pecho.—Mamá… —susurré, con la voz rota, aterrada de que no me respondiera.Mis ojos fueron directo a su pecho. Subía y bajaba, lento, irregular, pero real. Ese pequeño movimiento me sostuvo, me devolvió el aire que creí haber perdido. Mamá estaba v
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