Habían pasado varias semanas desde aquella noche.Semanas en las que el mundo, poco a poco, había vuelto a respirar.Mi madre se había recuperado mejor de lo que los médicos esperaban. El golpe en la cabeza quedó en un susto, una cicatriz leve que ahora llevaba como una marca de guerra, pero su mirada había vuelto a ser la de siempre: firme, cálida, presente. Habíamos pasado todo ese tiempo en casa de Domenica, bajo su techo generoso, rodeadas de personas que, sin darse cuenta, se habían convertido en familia.Celine floreció allí.La noticia de que compartíamos madre había sido el regalo más grande que la vida podía darle. Ya no cargaba con la herida del abandono, porque entendía, por fin, que nunca estuvo sola. Que el amor de nuestra madre por nosotras era igual de inmenso, tan profundo como el vínculo que siempre nos había unido, incluso antes de conocer la verdad.Se pasó días enteros a su lado, atenta a cada gesto, a cada necesidad. Le acomodaba las almohadas, le preparaba infusi
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