Capítulo 122. Ver la verdad.
El aire del atardecer, ya cargado de la humedad fría que anunciaba la noche, se le clavó en los pulmones como un puñal de cristal. Cada inhalación era un recordatorio de su fragilidad, del dolor sordo y persistente que le atenazaba las costillas. La pelea con Greta había reabierto sus heridas. Sin embargo, el dolor era un lujo, un ruido de fondo que su instinto de supervivencia había aprendido a callar. Lo que la consumía ahora era una certeza gélida: estaba completamente sola, herida, y la oscuridad no era su aliada, sino una prisión que se cerraba a su alrededor.Caminar por la carretera era un suicidio; la verían desde lejos, una silueta clara y coja recortada contra el gris del asfalto. El barranco que se abría al otro lado de la cuneta era una boca oscura y empinada, un precipicio de tierra suelta y raíces retorcidas. Si se caía allí con sus heridas, no solo se rompería algo; quedaría atrapada en la hondonada, incapaz de volver a subir, presa fácil para cualquiera que asomar
Leer más