Valeria entró en el ascensor como un vendaval, empujada más por la urgencia que por el espacio físico, sin girarse, sin comprobar quién venía detrás, sin concederle a Leonard ni un segundo de atención. No fue un gesto consciente ni una decisión tomada desde la rabia; simplemente, en aquel instante, nada que no fuera Sofía existía de verdad. Quería verla. Necesitaba verla. Confirmar con sus propios ojos que seguía allí, que respiraba, que no se había convertido en una de esas ausencias que llegan sin aviso y lo arrasan todo. Las puertas aún no se habían cerrado cuando el interior del ascensor comenzó a llenarse. Nueve guardaespaldas entraron con movimientos coordinados, ocupando el espacio con una presencia silenciosa, compacta, casi militar. Martha se situó a su lado sin decir nada. El resto se dispersó con rapidez: algunos hacia las escaleras, otros permaneciendo en el vestíbulo, cubriendo accesos, esperando a Leonard, asegurando un edificio que, en ese momento, Valeria habría prefe
Leer más