Valeria entró en el ascensor como un vendaval, empujada más por la urgencia que por el espacio físico, sin girarse, sin comprobar quién venía detrás, sin concederle a Leonard ni un segundo de atención. No fue un gesto consciente ni una decisión tomada desde la rabia; simplemente, en aquel instante, nada que no fuera Sofía existía de verdad. Quería verla. Necesitaba verla. Confirmar con sus propios ojos que seguía allí, que respiraba, que no se había convertido en una de esas ausencias que llega