Catalina no abandonó la mansión Blake. Cuando salió del salón principal lo hizo sin prisa, sin gesto alguno que indicara retirada ni victoria. Cruzó el pasillo escoltada por dos de sus hombres y se detuvo en el jardín, bajo la luz cuidadosamente distribuida de los focos exteriores, donde las sombras de los árboles se proyectaban largas sobre la grava y la fachada de la casa quedaba completamente visible. Desde allí podía ver las ventanas, los accesos, la disposición de los hombres que custodiaban la propiedad. No intentó avanzar más. No lo necesitaba. Aquella pausa no era una concesión; era una herramienta. Había dejado la conversación en suspenso a propósito, consciente de que el silencio, en ese punto, trabajaba mejor que cualquier amenaza explícita. Dentro, Leonard cerró la puerta del salón con un movimiento firme, controlado, y el sonido del cierre resonó con una gravedad que iba más allá de lo físico. Aquel espacio quedaba sellado, convertido en un intervalo cuidadosamente delim
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