La cena transcurrió en un silencio que se podía cortar con un cuchillo. La mesa del comedor, de madera oscura y pulida, parecía más grande de lo habitual. Dante apenas se movía; cada vez que levantaba el tenedor para llevarse un trozo de carne a la boca, sus costillas le recordaban la paliza de Velik con un pinchazo agudo. Ariadna lo observaba de reojo mientras ayudaba a Alexei a cortar sus verduras. El niño estaba tranquilo, ajeno a la tormenta que soplaba fuera de esas paredes, concentrado en