El beso se profundizó, extendiéndose mucho más allá de los límites de un impulso momentáneo, transformándose en algo peligroso y real.Stefan sintió la misma descarga eléctrica que lo había golpeado en el Club Náutico —esa conexión innegable que lo había perseguido como un fantasma durante semanas—, pero ahora estaba amplificada por la desesperación pura de saberla perdida.Sus manos se movieron instintivamente hacia su cintura, posesivas, atrayéndola contra su cuerpo mientras el beso cambiaba de ritmo. Ya no era un choque de desesperación; se volvió más suave, más lento, exploratorio. Como si tuvieran todo el tiempo del mundo en lugar de unos minutos robados antes de la ejecución de su futuro.Luciana estaba en shock. Podía sentirlo en la rigidez de sus músculos, en la forma en que sus manos habían volado a su pecho para empujarlo, pero se habían quedado allí, paralizadas, descansando sobre la tela de su camisa sin fuerza real.Y entonces, la grieta se abrió.Stefan sintió el momento
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