La Dra. Reeves tenía el consultorio en el cuarto piso de un edificio de Riverside Drive.La ventana daba al Hudson.No era un ventanal espectacular ni una postal deliberada de Manhattan. Era, simplemente, una ventana grande con el río detrás: gris, ancho, sin prisa, moviéndose en la dirección que le correspondía sin consultarle a nadie. Había algo en esa falta de urgencia que a Luciana siempre le resultaba ofensivo y tranquilizador al mismo tiempo.Llegó cinco minutos tarde.Algo inusual, siempre acostumbraba llegar a tiempo, pero la Dra. Reeves no lo mencionó.No miró el reloj. No hizo esa cortesía falsa de fingir que no había visto. Señaló el sillón de siempre y esperó a que Luciana se sentara con la espalda recta, el abrigo camel doblado sobre el brazo y la expresión impecable de quien todavía cree que la compostura puede ser una forma de control.La libreta de la Dra. Reeves seguía cerrada sobre la mesa lateral.Luciana lo había notado en la primera sesión, dieciocho meses atrás,
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