El juzgado de la calle Worth tenía esa luz particular de los edificios públicos: fría, sin origen preciso, distribuida de manera uniforme sobre todo y sobre todos sin favorecer a nadie.
Luciana llegó a las nueve menos diez.
Valentina iba a su izquierda con la carpeta del caso. Los dos abogados de apoyo, tres pasos atrás, cargaban los maletines con el silencio profesional de quienes saben que, en ciertos pasillos, su función principal no es hablar sino ocupar espacio con seguridad.
Tres días.
Se