La mansión Van Ness lucía igual a como Amanda la recordaba… y aun así, no. El suelo seguía brillando como si le aplicaran capas y capas de cera todos los días, hasta que reflejaba las sombras como un espejo. Habían cambiado algunos muebles, tal vez para fingir renovación o para que nadie recordara demasiado, pero el aire era el mismo. Ostentoso, pulcro, con ese perfume caro que siempre parecía decirte esto no es tu lugar. Noah estaba sorprendido, sus ojos se movían por el techo alto, por las lámparas, por la extensión interminable del pasillo. Amanda pudo notar cómo el niño apretaba un poco más su mano, no por miedo, sino por esa emoción infantil de entrar a “un castillo”. Ella, en cambio, sintió el impulso de salir corriendo. Podía decorar su casa así si quisiera, tenía con qué, pero su estilo siempre fue más sencillo, más reserva
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