Las lágrimas le bajaron sin permiso a Amanda, y por más que quiso, no pudo detenerlas. No eran lágrimas de esas que uno se limpia rápido para seguir fingiendo que todo está bien. Eran de las que se acumulan por años, de las que salen cuando ya no queda orgullo que aguante, cuando el cuerpo se rinde por fin y decide hablar por ti. Amanda lloró por Noah, lloró por ella, lloró por la humillación de haber cargado sola con una historia que no eligió. Lloró por haber sido tan dura consigo misma, por haberse llamado estúpida en silencio mil veces, como si el error hubiera sido suyo por confiar, por no adivinar, por no haber tenido la fuerza de pelear contra un monstruo. Y lloró por algo peor. Por esa parte de ella que todavía guardaba, como una reliquia vergonzosa, la esperanza de que Ethan la mirara y dijera “te creo” con el mismo peso con el que antes decía “te
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